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Me sumo a la comparación que hace Morte. En la música se observa una tendencia similar: las producciones son cada vez más «perfectas», pero también, por ello, más insulsas. Muchos álbumes legendarios de los años 70 presentan, desde la perspectiva actual, diversas imperfecciones, pero se han convertido en legendarios a pesar de ello o, quizás, precisamente por ello. En este contexto, siempre estoy a favor de cierta espontaneidad.
Con los instrumentos ocurre algo similar: algunos son legendarios precisamente por sus supuestas debilidades y tienen un encanto propio e inspirador. Pienso, por ejemplo, en la famosa TB-303 o en el sonido del C64, que sigue siendo muy solicitado hoy en día.
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Las imágenes digitales hipernítidas con decenas de megapíxeles son fantásticas y, sin duda, óptimas para algunos fines. Sin embargo, no es raro que prefiera dejar mi Olympus Pen en casa y salir a «cazar» con una Pouva Start o una cámara de plástico de 2,50 €. Con ellas consigo fotos que merecen la pena, aunque técnicamente sean una auténtica porquería. Pero qué más da, al fin y al cabo lo que quiero es divertirme.
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Sin embargo, hay un punto en el que discrepo con el artículo: considero que los sistemas de estabilización de imagen son un invento muy útil, y no solo para quienes tienen poca coordinación motora. No siempre se desean tiempos de exposición cortos o el uso de sensibilidades más altas, pero tampoco siempre está permitido o resulta práctico utilizar un trípode (por mi parte, lo considero una limitación y tengo debilidad por la luz disponible con objetivos de focal fija y gran apertura). Especialmente con equipos más económicos (no todo el mundo puede permitirse cámaras y objetivos de alta calidad), esta tecnología me ha salvado más de una foto.